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LAS INUNDACIONES SUFRIDAS EN ESPAÑA Y EN LA CIUDAD DE ECIJA EN SEPTIEMBRE DE 1680.

LAS INUNDACIONES SUFRIDAS EN ESPAÑA Y EN LA CIUDAD DE ECIJA EN SEPTIEMBRE DE 1680.

Septiembre 2015

Ramón Freire Gálvez

        

LAS INUNDACIONES SUFRIDAS EN ESPAÑA Y EN LA CIUDAD DE ECIJA EN SEPTIEMBRE DE 1680 que mostraran el camino a seguir. Según el cronista valenciano Ignasi Benavent, el 22 de diciembre de aquel año, se vio un cometa muy grande y espantoso que duró cinco semanas a la parte de poniente. Tal cúmulo de apocalípticas desdichas, como escribía, no sin razón, el Marqués de Villars, llenaban España de ideas sombrías sobre el presente y de nuevos terrores del futuro (TREINTA El año de 1680, que comenzó en lunes y bisiesto, fue calificado en su día para España como Annus Horrible y no le faltaba razón a los que dieron dicha calificación, a juzgar por la serie de acontecimientos y desgracias que sufrió la nación española y dentro de ella, como no podía ser de otra manera, entre numerosas ciudades y poblaciones, la nuestra de Écija y me refiero a una inundación acaecida en Septiembre de dicho año, de la que quizás por no haber publicación alguna a dicha anualidad, no se ha dejado testimonio escrito en nuestra Ciudad, o por lo menos no ha llegado a mi poder, excepción hecha de los datos que aportaré a lo largo del presente artículo.

Una pequeña descripción sobre el Annus horrible, nos dice: Hubo tormentas, granizos, lluvias torrenciales e inundaciones. Y por si fuera poco terremoto en Málaga devastando algunos pueblos y sintiéndose hasta en Madrid, unido al desastre de la peste que seguía asolando Andalucía. Tales eran las tribulaciones que algunos hasta veían en ellas un castigo del cielo y buscaban señales DOBLONES. Jesús Sánchez Adalid. 2013)

España, según se refiere en la bibliografía encontrada sobre dicho año de 1680, se encontraba dentro de un imparable proceso inflacionista, que le llevó, en primer lugar, a las crisis monetarias de 1641 y 1660 y por último a la catástrofe económica que tiene su año clave en el que nos ocupa de 1680. A los factores ya señalados se unieron otras causas, entre ellas la meteorológica; las inclemencias del tiempo azotaron la península y especialmente Andalucía; años de grandes tormentas e inundaciones eran seguidos por largos periodos de sequías e incluso un gran terremoto, con epicentro en Málaga causó destrozos en toda la región. Una verdadera crisis de subsistencia con el pan a precios inalcanzables para la mayor parte de la población provoca en varias ocasiones mortandad por hambre en las dos últimas décadas del siglo.

Cómo era Écija a dicho año de 1680, lo encontramos en unos escritos que dejó un embajador de Marruecos que en el citado año visitó España y que no llegaron a publicarse, titulado Viaje a España y que se encuentra en el archivo de la Biblioteca Nacional.

Dicho embajador, llamado Mme D´Aulnoy, fue enviado a España por el emir de Marruecos, Muley o Mulay Ismail Ben Sharif (también llamado Ismail de Marruecos; Fez, 1645 - Mequínez, 1727, en la foto de la izquierda) con el fin de presentarse ante el rey Carlos II. El embajador fue realizando una crónica de todas aquellas villas y ciudades que visitaba en su camino hacia la Corte. El autor de la citada crónica, respecto a Écija, deja escrito:

fotomoro

“Cerca de la ciudad de Écija, en la cima de una colina que domina la población se encuentran vestigios de una construcción antigua bastante importante: han pretendido que era la tumba de un santón musulmán, al cual atribuían un gran poder milagroso, y por eso no la habían tocado. Cuando desde las alturas en que nos encontramos descubrimos la ciudad de Écija gozamos de un espectáculo cuya belleza y esplendor no son igualados por ninguna otra de las ciudades de España. Está situada en un llano, a orillas de un río llamado Wady Chanil (El Genil) y al que los cristianos continúan dando su nombre primitivo. Es un río grande, que baja de Wady Ach (Guadix); el Wady Chanil pasa a través del territorio y de las montañas de Granada. Sus orillas están cubiertas de un número incalculable de casas de campo, de jardines, de huertos, de molinos y de toda clase de plantaciones. En el resto de España no hemos descubierto espectáculo más encantador. La ciudad, situada a orillas de ese río, con los jardines, los lugares de diversión y las casas puestas en medio de los jardines se parece a un firmamento rodeado de sus estrellas. Admirando la belleza de ese río y su maravilloso y encantador aspecto, me he acordado de estos versos de la andaluza Hamdah, la poetisa que Wady Ach (Guadix) vio nacer… Cuando nos encontramos cerca de la ciudad, el gobernador salió en un Kodcheh (coche), acompañado de sus hijos y de algunos oficiales, montados sobre caballitos de su propiedad, y que pretendían –pretensión muy contraria a la verdad- ser de los mejores y de los más veloces del Andalus. Vino a nuestro encuentro fuera de la ciudad y nos deseó la bienvenida con infinita cortesía y amabilidad. Habiéndonos acompañado a la ciudad, nos paseó a través de sus mercados, sus plazas y sus calles. Es una ciudad civilizada, ni pequeña ni grande; es muy limpia y los habitantes están dotados de bondad y de belleza. En medio se alza la mezquita catedral que posee. Este monumento, de mediana dimensión, admirable de formas, solidamente construido, cuyo patio está plantado de naranjos, se remonta al tiempo de los musulmanes y aún está tal como estaba. El gobernador de la ciudad nos condujo después a su morada, grande y vasta, donde nos recibió muy bien y nos prodigó las muestras de consideración, no perdonando ninguna de sus obligaciones, sea en su conducta vista ecija2correcta, sea en su lenguaje. Pasamos esa noche en su casa. Al día siguiente abandonamos la ciudad y en su extremidad encontramos un puente maravilloso sobre el cual se alza la puerta de la ciudad. Bajo el puente se ven molinos y construcciones en gran número. Desde esa ciudad llegamos a Córdoba...”

Ya sabemos cómo era Écija en el año de 1680 (hermosa como siempre), aunque sea de forma somera, pero retomando las desgracias padecidas por nuestra Ciudad con motivo de la inundación, la encontramos en la publicación titulada: Relaciones y papeles varios del siglo XVII, compañeros de periódicos de ANTONIO LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR. Universidad Complutense de Madrid, aparece:... También la número 6 “Segunda Relación y más lata” de 1680 se puede llamar noticiosa o “periodística”: muestra los sucesos de las inundaciones del 6 de septiembre de 1680. El autor desconocido dice “vuelvo a tomar la pluma” y cuenta los infortunios de “algunas ciudades y pueblos de Castilla, Andalucía y La Mancha”: Valladolid, Salamanca, Alcalá de Henares; Quijorna, Fuencarral, Salamanca, Villamanrique y Venta de Migas Calientes (Madrid); Toledo, Yepes, Oropesa y Puente del Arzobispo; Belinchón y Tarancón (Cuenfoto3ca), Zafra (Badajoz) y las sevillanas Osuna, Estepa, Écija y La Puebla del Río. El escritor periódico estaba muy bien informado: la tormenta o diluvio de granizo y rayos duró “tres cuartos de hora” y murieron 17 personas en Écija: cuatro mujeres, cinco hombres y ocho en su tierna infancia.

Pero para saber con mayor conocimiento las desgracias que sufrió España con motivo de tal inundación y que se encuentran detallados en el documento escrito con motivo de tales inundaciones, acudimos al mismo, cuya impresión se llevó a cabo en la imprenta sevillana de Juan Cabezas, sito en calle de Génova y cuyo ejemplar aparece en los archivos del Fondo de la Universidad de Sevilla, que traducido al castellano actual, textualmente, dice así:

RELACION GENERAL EN QUE SE DA NOTICIA DE TODO lo sucedido en el memorable y lastimoso mes de Septiembre de este presente año de 1680. Se refieren las grandes y repetidas tempestades, avenidas y ruinas de puentes y edificios que hubo en Castilla y tras partes que verá el curioso Lector:

Con suspiros del alma y desatado el corazón en húmedos raudales, que se exhalan por los ojos en tiernas y copiosas lágrimas; turbado el pulso, sin acertar a formar línea, ni elocuente frase, vuelvo a tomar la pluma, para reducir con lamentables ecos a un breve compendio las largas lastimas, los infortunios muchos que han experimentado algunas Ciudades y Pueblos de Castilla, Andalucía y La Mancha por todo el discurso del pasado mes de Septiembre de este año; indicios más que ciertos de nuestras graves culpas, cuya retinencia en ellas la ocasionado la ira del Omnipotente brazo de Dios, aunque se ha dejado ver con un breve rasgo de su Divina Justicia y sea el primer asunto de nuestra narración la insigne Valladolid, cuyo río Pisuerga creció tanto, que no pudiendo abrigar el seno de su antigua canal las muchas aguas, que en desgajados montes de no cristalinas, sino turbias corrientes le tributaba el Esgueva, que pavoroso la Ciudad cruzaba, se hizo fuerte a no admitir consorcios y rebosando furibundas olas, inundó mucha parte de su circuito.

A no siendo muy pequeño el susto que a este tiempo tuvo la Ciudad, pues a todas partes le miraba en manifiesto peligro de perderse y así se tuvo por mejor acuerdo dar posada a la Esgueva para divertirla, que experimentara a su furia el mayor estrago. Abrieron las compuertas todas y esguazó por calles y plazas, divirtiendo su enojo con su ensanche, precisando a los vecinos a que comerciasen a uso de Venecia, asistiendo a todas partes cantidad de barcos, para acudir con prontitud a las mayores necesidades, en que no tocó poco a la Platería y otras casas que se hallaban más besanas al riesgo.

En Salamancbarca4a sucedió lo propio, en que el valiente Tormes ostentó bizarrías, sin respetar Capillas ni Bonetes, haciéndose temer como Gigante ministro del soberano dueño.

En Alcalá de Henares se llevó su río la barca y fue preciso para detener su horroroso ímpetu, valerse de formar un antepecho de colchones y otras muchas cosas, con que se defendieron (aunque no del todo) del fatal y temido elemento.

La Puente de Guadarrama, que está junto a Quijorna, quedó reducida a menudas piezas; y la barca de Villamanrique se dividió en trozos, ahogando a cuantos iban dentro, entrando en este número dos mujeres, que la una fue hallada a corto trecho, tan desecho su rostro y todos sus miembros, que apenas tenía forma de lo que fue, y de la hora fue hallado la mitad de su cuerpo junto a Toledo.

Por Torote iban fluctuando dos miserables hombres, y otro, compadecido de su desdicha, les arrojó una soga para salvarles las vidas, pero fue ociosa diligencia, pues no consiguió su piedad cristiana más que el dolor de verlos ir en brazos de la muerte, bebiendo por instantes el cáliz de amarguras en las últimas congojas.

En Belinchón se inundaron todas sus salinas y en Tarancón y Yepes se llevaron las aguas 23 casas, ahogando más de 50 personas y destruyendo muchos molinos, plantíos y huertas.

También quedó por tierra la Puente de la Calzada, que está junto a Oropesa, no escapando de esta furia la Venta de Migas Calientes, que toda llenó de broza y agua y a no avisar tan a tiempo un mucho (debió de ser Ángel) perecen cuantos estaban dentro.

En toda la Alcarria ha sido mucho el destrozo, llevándose molinos, huertas, viñas, olivares, ganados y gente.

Camino de Alcalá venía una litera y descargando sobre ella una horrorosa nube, cayó una centella y mató al literero y a la mula en que venía.

En el Pago de Fuencarral, junto a la Fuente de la Mora, cayó otra y redujo a cenizas a un Quintero y a dos mulas que con que estaba arando en el paraje referido.

En la Ribera del Jarama había un hermoso lavadero de lana, que se hallaba cuando creció el río con ciento y cincuenta sacas de ella, le derrotó su furia y se llevó la lana y cuando se le puso delante.

En la Imperial Toledo salió el arroyo de la Rosa de su antiguo curso y pasando por la Huerta del Rey, se llevó cuanto ganado encontró, anegó la Venta de Trigueros, hizo mucho daños en los campos y por último ahogó a un hombre y a su caballo que osado quiso vadearle. Y lo que más es, en la misma Ciudad bajó el arroyo de Zocodover tan impetuoso por la calle del Carmen, que haciendo presa en el Pradillo, lo inundó todo, arrancando de cuajo el Oratorio en que se celebraba el Sacrosanto sacrificio de la misa y un lienzo de la muralla que le circundaba, y juntó todo esto y cuantas calaveras y huesos de difuntos allí había, dio con todo ello en el Tajo, no sin pasmo y asombro de los ojos que vieron tan inopinado acontecimiento.

En la muy nombrada villa de Zafra fueron tantas las aguas que sobrevinieron, que obligaron a algunos de los morales a que buscasen prestamente donde salvar sus vidas, como lo hicieron acogiéndose a lo más alto de las casas, desde donde miraban la irvistariada5a de Dios y con sollozos y afectos le pedían misericordia.

En otros lugares de Extremadura fue en tanta la abundancia de la piedra que caía y tan gruesa, que mató mucho ganado y en particular el ovejuno, y lo que más se pondera es que siendo un sin número las aves que mató, no se reservaron del peligro las avutardas, pues siendo tan grandes y tan fuerzas, las hallaban por los campos muertas de la piedra que aseguran eran como gordos huevos.

Corone este lastimoso asunto la villa de Osuna, que es de las mejores de Andalucía, pues el día 6 del referido mes de Septiembre salió en ella el radiante planeta, cubierto de densas nubes, que servían de luto a sus lucientes rayos, causando con su visita pavor y afligimiento a los ya tímidos corazones, aumentándose esta lobreguez hasta las dos y media, que llegó la hora en que retirándose la poca luz que daba, quizás de piadoso, compadecido por no ver tantas lástimas, apenas se había escondido, cuando el bóreas soberbio comenzó a juntar nubes cargadas de gruesas piedras y las primeras que cayeron eran como nueces, todas en un triángulo. Duró media hora escasa y mucho rato tan gruesas como huevos, tan espesas y tan fuertes, que causaron notables daños en los olivares y viñas de todo el término de aquella villa.

Temerosos los vecinos con tal golpe y que para resistirle no había fuerzas humanas, planosuna 6acudieron contritos a las divinas, aclamando misericordia al Sumo Creador, que aunque oyó sus clamores, quiso pasar adelante con su castigo para nuestra enmienda, pues desatadas las nubes en copiosas lluvias, parecía querían renovar el pasado diluvio o desatándose el mar, que en breve lo fueron todos los campos del término y calles de la villa, bajando tan encrespadas olas y furiosos raudales por la calle que llaman de San Cristóbal, que habiendo maltratado así en ella como en la Cañada y parte de la de Écija, muchas casas, en una de ellas entró con tal furia el agua, que se llevó sillas, baúles y demás trastos y los sacó a un corral.

A las cuatro y media de la tarde se serenó el Cielo en la afligida Osuna, mostrando su apacible iris y anunciando la paz a la tierra, se retiraron las ondas a sus centros, más no se sosegaron los corazones tímidos y afligidos de sus moradores, que aún duran y durarán sus temores. Nuestro Señor nos comunique su Divina gracia, para que con ella enmendemos nuestras culpas y amparados de su Sacrosanta Madre, merezcamos tenerle propicio, allí en esta como en la otra vida. CON LICENCIA. En Sevilla, por Juan Cabezas, en calle de Génova, año de 1680.

Al principio de este artículo mencionábamos el terrible terremoto sufrido por la ciudad de Málaga el día 9 de Octubre del citado 1680, y para terminar hacemos una breve reseña del mismo, acudiendo a los datos que facilita el Instituto Geográfico Nacional de España, describe el mismo: Ocurrió a las 07,15 horas, de 6,8 intensidad, con epicentro en la Sierra de Aguas, entre los actuales términos municipales de Álora y Carratraca. En la ciudad de Málaga solo la Catedral no sufre daños. El temblor causa daños en otras ciudades de la península (Sevilla, Granada, Córdoba, Jaén, Madrid...) y se dejó sentir hasta en Valladolid, a 550 km. del epicentro. En Málaga, un 20% de casas destruidas, un 30% inhabitables, muertos: 70.

         Hasta aquí esta pequeña aportación a una inundación que sufrió Écija el mes de Septiembre de 1680, donde perdieron la vida diecisiete de sus habitantes y que, como en otras ciudades de España, soportaron las desgracias acaecidas en dicho año y de que, por lo menos yo, repito, no tenía ninguna noticia al respecto.

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