Mié. Feb 8th, 2023

La debacle electoral a cámara lenta de Ciudadanos, y la apelación al voto del miedo de la candidatura de Macron al Eliseo deberían llevar al candidato in péctore del PP a la presidencia del Gobierno de España a reflexionar más sobre los contenidos que sobre el continente. El fracaso de la marca blanda de la derecha española; de lo que quiso ser una bisagra a imitación del partido liberal alemán, no sólo pone de relieve que las ocurrencias florentinas tienen poco recorrido como sucedáneo de una democracia militante como la que gozan Francia y Alemania -donde es imposible que un partido separatista se parte de una coalición de Gobierno. Invita también a una meditación más de fondo; en torno a la viabilidad de un proyecto genuinamente liberal en España. Parafraseando la respuesta que le espetó Lenin a Fernando de los Ríos, no debe extrañar que, vistos los resultados electorales, el votante español se pregunte «Liberalismo, ¿para qué?».

La dificultad para responder a esta cuestión radica en la propia polisemia del término ‘liberal’, que a ratos tiene connotaciones cívicas, y a ratos políticas, y, aún dentro de esta última categoría, los estadounidenses hacen un uso bastardeado del sustantivo, como sustitutivo de socialdemócrata. Cortando por lo sano, aquí nos centraremos, sin entrar en detalles, en el sentido clásico del sustantivo, a lo Adam Smith; ese punto intermedio entre el anarcolibertarismo de Robert Nozick, y el liberalismo igualitario de John Rawls.

Aún esa, es precisamente la vaguedad del concepto lo que complica a los proponentes del liberalismo formular una interpretación coherente y consistente de su ideología, que además de resultar entendible para el mínimo común denominador electoral sea seductora. Aquí, el abnegado liberal español se enfrenta a una dificultad antropológica: la cosmovisión del liberalismo aboga por limitar las prescripciones en todas las cuestiones que atañen a la sociedad, a la moralidad, a la religión, a la historia y la filosofía, desde el convencimiento de que las normas universales socavan la libertad individual necesaria para la prosperidad general. Dicho de otro modo, contraponen libertad e igualdad, estableciendo una distinción favorable a la libertad negativa, entendida como la ausencia de coacción e intervención en los asuntos del individuo, frente a la libertad positiva, en la que se ampara el Estado para intervenir en la creación de las leyes.

Esta desconfianza radical de lo público delata una filosofía política pesimista, que da por sentada la premisa jansenista primero, y calvinista después, de que el Pecado Original nos hizo seres egoístas, inmaduros, pusilánimes y codiciosos, y que es la mano invisible de la Divina Providencia la que con una llave de judo teológico transmuta nuestra avaricia en un utilitarismo a lo John Stuart Mill. Todo esto no solo casa mal con la cultura católica española, que goza de mejor salud de lo que sus detractores querrían, y tiene un abrumador carácter comunitario (basta con constatar el revival de las procesiones de Semana Santa después de los confinamientos); sino que, por ende, el liberalismo idealista adolece de poca sustancia, desde el punto de vista de la batalla de las ideas, porque al despejar de la ecuación las cuestiones morales y éticas que preocupan al ser humano más allá de lo pecuniario, se queda sin más propuesta que el monismo mercantil del crecimiento económico infinito, para lo cual debe sacar de la chistera esa superstición consistente en sostener que, si bien los recursos naturales son finitos, el ingenio humano es ilimitado. Pura taumaturgia.

Con estos mimbres, se antoja bien difícil crear una épica; un relato mínimamente sugestivo que pueda plasmarme en un programa electoral que no suene como el folleto de un producto bancario, algo de lo que Feijoo haría bien en tomar nota. Sobre todo cuando los votantes que nacieron con el siglo, a los que el liberalismo político les promete una tierra de leche y miel, no han conocido otra cosa que crisis económicas; peores condiciones de vida que sus padres y abuelos, y expectativas de futuro rayanas en la desesperanza.La debacle electoral a cámara lenta de Ciudadanos, y la apelación al voto del miedo de la candidatura de Macron al Eliseo deberían llevar al candidato in péctore del PP a la presidencia del Gobierno de España a reflexionar más sobre los contenidos que sobre el continente. El fracaso de la marca blanda de la derecha española; de lo que quiso ser una bisagra a imitación del partido liberal alemán, no sólo pone de relieve que las ocurrencias florentinas tienen poco recorrido como sucedáneo de una democracia militante como la que gozan Francia y Alemania -donde es imposible que un partido separatista se parte de una coalición de Gobierno. Invita también a una meditación más de fondo; en torno a la viabilidad de un proyecto genuinamente liberal en España. Parafraseando la respuesta que le espetó Lenin a Fernando de los Ríos, no debe extrañar que, vistos los resultados electorales, el votante español se pregunte «Liberalismo, ¿para qué?».

La dificultad para responder a esta cuestión radica en la propia polisemia del término ‘liberal’, que a ratos tiene connotaciones cívicas, y a ratos políticas, y, aún dentro de esta última categoría, los estadounidenses hacen un uso bastardeado del sustantivo, como sustitutivo de socialdemócrata. Cortando por lo sano, aquí nos centraremos, sin entrar en detalles, en el sentido clásico del sustantivo, a lo Adam Smith; ese punto intermedio entre el anarcolibertarismo de Robert Nozick, y el liberalismo igualitario de John Rawls.

Aún esa, es precisamente la vaguedad del concepto lo que complica a los proponentes del liberalismo formular una interpretación coherente y consistente de su ideología, que además de resultar entendible para el mínimo común denominador electoral sea seductora. Aquí, el abnegado liberal español se enfrenta a una dificultad antropológica: la cosmovisión del liberalismo aboga por limitar las prescripciones en todas las cuestiones que atañen a la sociedad, a la moralidad, a la religión, a la historia y la filosofía, desde el convencimiento de que las normas universales socavan la libertad individual necesaria para la prosperidad general. Dicho de otro modo, contraponen libertad e igualdad, estableciendo una distinción favorable a la libertad negativa, entendida como la ausencia de coacción e intervención en los asuntos del individuo, frente a la libertad positiva, en la que se ampara el Estado para intervenir en la creación de las leyes.

Esta desconfianza radical de lo público delata una filosofía política pesimista, que da por sentada la premisa jansenista primero, y calvinista después, de que el Pecado Original nos hizo seres egoístas, inmaduros, pusilánimes y codiciosos, y que es la mano invisible de la Divina Providencia la que con una llave de judo teológico transmuta nuestra avaricia en un utilitarismo a lo John Stuart Mill. Todo esto no solo casa mal con la cultura católica española, que goza de mejor salud de lo que sus detractores querrían, y tiene un abrumador carácter comunitario (basta con constatar el revival de las procesiones de Semana Santa después de los confinamientos); sino que, por ende, el liberalismo idealista adolece de poca sustancia, desde el punto de vista de la batalla de las ideas, porque al despejar de la ecuación las cuestiones morales y éticas que preocupan al ser humano más allá de lo pecuniario, se queda sin más propuesta que el monismo mercantil del crecimiento económico infinito, para lo cual debe sacar de la chistera esa superstición consistente en sostener que, si bien los recursos naturales son finitos, el ingenio humano es ilimitado. Pura taumaturgia.

Con estos mimbres, se antoja bien difícil crear una épica; un relato mínimamente sugestivo que pueda plasmarme en un programa electoral que no suene como el folleto de un producto bancario, algo de lo que Feijoo haría bien en tomar nota. Sobre todo cuando los votantes que nacieron con el siglo, a los que el liberalismo político les promete una tierra de leche y miel, no han conocido otra cosa que crisis económicas; peores condiciones de vida que sus padres y abuelos, y expectativas de futuro rayanas en la desesperanza.Leer másEspaña

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