Ahora que encenderse un cigarro se va pareciendo a cometer un crimen, al contrario que la eutanasia, por lo que sea, hay que agradecerle a Oscar Wilde aquella verdad que vislumbró entre el humo: «El cigarro es un ejemplo perfecto de un placer perfecto. Es exquisito y deja a uno insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir?».

No es casualidad que ‘La peor persona del mundo’, la nueva película de Joachim Trier, que viene a ser un relato sobre la crisis de los treinta, es decir, sobre el futuro y la frustración, empiece con su protagonista fumando sola en una azotea, con la mirada ensimismada, igual que en un cuadro de Hopper, pero con más brillo (parece primavera). Es verla y saber que está rumiando algo, porque fumar siempre fue suspirar con elegancia, depositar la fe en el fuego: el invento más antiguo, el que nos hizo humanos.

A partir de ese momento la historia se despliega en doce capítulos y un epílogo, que es lo que tarda esta mujer en perder la juventud y ganar otra cosa, aunque la película no es tanto un viaje como un vagabundeo, y ahí está el drama: necesita moverse, pero no tiene un destino. Ni siquiera lo intuye, por eso empieza tantas cosas, por eso las abandona, por eso luego las echa de menos. Y mientras tanto van pasando los años, porque el tiempo no se puede detener (esto ya lo cantó Nacho Vegas), aunque ella lo intente y nos regale, de paso, una de las mejores escenas del año.

Se ha repetido mucho que Julie –así se llama– representa a la generación millenial, a la generación desorientada, como si por primera vez en la historia de la humanidad estuviéramos en este brete, como si la modernidad, desde el principio, no fuera la peripecia de unos individuos brujuleando entre la nada y el algo. Todos somos raros, aunque todos nos creemos especiales. ‘La peor persona del mundo’ funciona precisamente porque apela a ese universal: cuando ya no tenemos que buscar comida buscamos un sentido. Y eso es complicado, como el amor.

«Me siento un personaje secundario de mi propia vida», dice ella, para sellar una ruptura. En el fondo, según avanza el metraje, nunca tenemos del todo claro si estamos asistiendo a una derrota o a una victoria: esa es la distancia que propone Trier, una perspectiva bella y delicada de lo que viene siendo la vida, que se vive a tientas.

La única certeza que subraya el cineasta es que es muy difícil no ser joven, aceptar que definirse es, inevitablemente, limitarse, y que estamos condenados a mirar atrás, pues el destino de toda época es adelantarnos, normalmente por la derecha, a traición. Crecer debe ser estar con Goethe: «Limitarse es extenderse». O dejar de fumar. Ay. ¿No se puede pedir algo más?

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