El Córdoba jugará partidos a cara o cruz por ascender por primera vez desde 2016 y su afición procura que la ciudad se contagie de su pasión
Para un aficionado de un club de fútbol la vida es el tiempo que pasa entre un éxito de su equipo y el siguiente. Es como la Olimpiada de sus particulares Juegos Olímpicos. Durante ese incierto margen viven: Comen, beben, se desvirgan, se desarrollan profesionalmente o no, tienen hijos o no… Algunos tienen la desgracia de morirse esperando el momento en el que puedan volver a reconocerse felices por apoyar a su club de fútbol.Hay quienes gozan cada año de un nuevo orgasmo cuando llega junio en forma de título. Anestesiados ya, esos seguidores no conocen lo que es la indiferencia ni el dolor. Tampoco tienen callos en las plantas de los pies de caminar por el desierto de las categorías más hostiles para la lógica. Ellos nunca deberán responder porqués ni tendrán que justificarse por vestir la camiseta del club que quieren. En su manera de entender el juego el ganar no es un regalo del destino sino el pan de cada día. El aire que necesitan para respirar.Debe ser bonito sentirse así. Debe ser cómodo sentirse así. Lamenta Bill Shankly que el Liverpool con el que él creció ya no existe. Sostiene, de hecho, que el fútbol va sobre los cambios en la intensidad de la experiencia. La última vez que el Córdoba disputó un play-off yo no era padre. En ese 2016, además, ninguno de mis amigos más cercanos había fallecido. Es imposible, pues, que en 2024 me duela tanto perder un partido o una eliminatoria como cuando tenía ocho años menos. Recuerdo una conversación en Girona con el amigo Álvaro Vega en la que, optimista, él me decía que el año que viene habría otra oportunidad (y mi contestación en sentido realista/pesimista: «Todo va a ir a peor»).Sin embargo, hay algo atávico en la propia esencia del que quiere lo mejor para un equipo. Una especie de impulso. Una náusea. Un vacío que nace de las entrañas y que te somete. Una sensación que tamiza todos nuestros actos durante un mes. Los seguidores que se nutren de ascensos actúan mediatizados en sus trabajos y en sus relaciones personales mientras dura un play-off. Llegar a Ponferrada, Ibiza o Barcelona es una obsesión por la que merece la pena hipotecarse las vacaciones. Una localidad cualquiera se convierte de repente, por un gol más o menos, en el Valhalla del hincha. No hay ofertas suficientemente económicas, pero tampoco son tan caras para lo que hay en juego. Estos partidos son un órdago a la memoria. Es muy probable que un aficionado del Córdoba no sepa qué hacía el día en el que murió un familiar cercano, pero seguro que sí que recordará dónde estaba el 30 de junio de 1999 o el 22 de junio de 2014. Nos quedan cuatro semanas para sentir. Nos quedan cuatro semanas para sufrir. Nos quedan cuatro semanas para vivir a tope. Nos queda un mes para vestirnos y vestir nuestras vidas de blanco y verde. Es mejor no desear que llegue ya el final. Es mejor no pensar. Porque como escribe Juan Villoro en su “El extremo fantasma” en este negocio el que piensa, pierde. Y porque todas las sensaciones que acumulemos durante estos días nos acompañarán en nuestra memoria hasta que se nos acabe la cuerda. Seguro.

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