Esta Semana Santa paso más tiempo mirando las aceras. Mientras avanzan los capirotes, cuando truenan los tambores y se acercan las tallas que en Valladolid hay que admirar despacio desde los pliegues a las uñas, yo desvío cada poco la vista para escudriñar miradas con curiosidad enfermiza. Son días de reencuentro con una de las tradiciones más nuestras, la que supo sublimar la belleza desde el dolor y hacer sufrir a la madera, que muestra un Valladolid barroco y penitente que queda escondido el resto del año por el ruido pegajoso del progreso.
Entre la muchedumbre que otra vez, y por fin, se agolpa en el recorrido de las procesiones, busco los ojos inquietos de los niños que en brazos o… Ver MásEsta Semana Santa paso más tiempo mirando las aceras. Mientras avanzan los capirotes, cuando truenan los tambores y se acercan las tallas que en Valladolid hay que admirar despacio desde los pliegues a las uñas, yo desvío cada poco la vista para escudriñar miradas con curiosidad enfermiza. Son días de reencuentro con una de las tradiciones más nuestras, la que supo sublimar la belleza desde el dolor y hacer sufrir a la madera, que muestra un Valladolid barroco y penitente que queda escondido el resto del año por el ruido pegajoso del progreso.
Entre la muchedumbre que otra vez, y por fin, se agolpa en el recorrido de las procesiones, busco los ojos inquietos de los niños que en brazos o… Ver MásLeer másEspaña
