El público tributó una sonora ovación tras la interpretación del Concierto para violín del compositor de Hamburgo
La estructura habitual de muchos conciertos incluye un solista en la primera parte del espectáculo. Esta circunstancia nos permite conocer a grandes músicos, como es el caso del violinista ruso Sergei Dogadin encargado de protagonizar el comienzo del concierto que la Orquesta Ciudad de Granada ha dedicado este fin de semana a Brahms, interpretando el Concierto para violín del compositor de Hamburgo. Pocas partituras exigen tanta pericia al intérprete como esta obra, que es además una de las creaciones cumbres de la literatura musical de occidente. Un gran violinistaDogadin salvó todas las dificultades con una técnica al servicio del arte y consiguió conectar con los espectadores que respondieron a su actuación con una sonora ovación, siendo correspondidos con una formidable “propina”: Flamenco Fantasy de Alexsey Igudesman. Aquí ya se desató a apoteosis porque la pericia exigida era todavía mayor y las cadencias andaluzas se dirigían aun con más vigor hacia las dos salas que estaban prácticamente llenas de espectadores. Sergio Dogadin, incluso zapateaba para terminar de marcar el acentuado ritmo de la obra de su compatriota, que puso de manifiesto la facilidad de los creadores rusos para entender la música de inspiración española.Tributo a BeethovenEn la segunda parte llegaba otro momento culminante, la Sinfonía num. 1 de Brahms. Aquí la orquesta ya no tenía que dialogar y ella sola, bajo la batuta de Lucas Macías, su director artístico, se enfrentaba a una obra colosal y de una complejidad innegable. Desde su impresionante comienzo con los goles de timbal, se percibía una obra trabajada y, además, sabiendo conjugar los momentos de densidad sonora, con otros más intimistas e incluso compases espectacularmente líricos, como sucede en el último movimiento, donde la sombra de Beethoven, presente en toda la obra, rendía tributo al genio de Bonn. La formación residente en el Auditorio Manuel de Falla, no se limitó a una lectura correcta y por momento la batuta de Macías hacía una lectura genuina, subrayando determinados matices de los vientos, que a veces pasan desapercibidos.Fue un concierto extraordinario, en el que se conjugaron un programa elegido con acierto, un solista de gran nivel y una orquesta y director que estuvieron a la altura de la velada. Hubo tiempo para la emoción, también para la creación sonora, más allá de lo convencional, y sobre todo, una oportunidad extraordinaria para evocar la figura de unos de los gigantes de la música de todos los tiempos: Johannes Brahms.

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