La temporada taurina de 1970 marcó un antes y un después en el rejoneo. De la actuación de un caballero al frente de una terna de matadores a la presentación de una corrida completa de toreo a caballo que, al menos en plazas españolas, definió el futuro del espectáculo. Ángel y Rafael Peralta, Álvaro Domecq Romero y José Samuel Lupi, formando un único cartel, arrasaron aquella campaña y las siguientes. Los ‘Cuatro Jinetes de la Apoteosis’ los llamaron, y la corrida de rejones se hizo imprescindible en todas las ferias. Uno de sus pilares fue el portugués Lupi, que imprimió a su toreo buenas dosis de espectacularidad y exposición, lo que impactó en los públicos.

Lupi nació en Lisboa en 1931 en una familia ganadera con renombre en la cría caballar y en la del toro bravo. Tuvo como espejo al mítico maestro lusitano Joao Nuncio, que le dio la alternativa en la plaza lisboeta de Campo Pequeño el 16 de junio de 1963. Los éxitos en plazas portuguesas le animaron a dar el salto a España y el 12 de abril de 1964 se presentó en Las Ventas abriendo un cartel junto a Miguelín, Efraín Girón y Limeño. Así hasta entrar a formar parte en el cuarteto triunfal. En la temporada de 1971 toreó más de cien tardes y cortó la friolera de trescientas orejas, lo que da dimensión de su fuerza arrolladora en los ruedos. Se mantuvo como figura imprescindible hasta 1977, y después sus apariciones fueron espaciándose, aunque hasta comienzos de los ochenta aún se le contabilizan algunas corridas.

Una vida dedicada al caballo y al toro, de una de las mayores figuras del rejoneo que ha dado Portugal. En su tierra continuó entregado al mundo ganadero sin dejar nunca de lado la pasión por el toreo que transmitió a su hijo Manuel Lupi, renombrado caballero. En octubre de 1916 recibió en la plaza de la capital portuguesa un cálido homenaje en donde los ‘Cuatro Jinetes de la Apoteosis’ volvieron a juntarse sobre la arena de un coso taurino.

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