Un océano de sueños suele encontrar su fin en el rompeolas de la realidad. A mí me habría gustado ser futbolista. De niño me inventaba que el equipo de mi colegio -La Salle- jugaba la Copa de Europa y yo era su principal estrella hasta que me traspasaban primero al Venezia y luego al Eintracht de Frankfurt. Tal vez fuera al revés. No recuerdo. Lo que sí sé es que mientras perseguía una pelota roja que todavía conservo narraba esos partidos en los que yo hacía de pequeño Maradona en voz alta ante la infinita paciencia de mi tío abuelo Pepe, quien aguantaba el coñazo por el cariño que me profesaba mientras resolvía los crucigramas del periódico.
Sí. Un mar de ilusiones se deshace en olas con el paso de los años. Lo importante es aprovechar esas corrientes alternativas que la vida te regala. A pesar de mi empeño ni las piernas ni el cerebro me dieron para ganarme la vida peloteando, pero al menos -y a base de mucho esfuerzo porque tampoco sabía hacerlo bien cuando me dieron por primera vez un micrófono- sí que he conseguido dedicarme a contar partidos de auténticos profesionales del balón.
La sensación de frustración por no conseguir lo que uno siempre anheló puede multiplicarse cuando, encima, lo deseado no depende de tu propio esfuerzo. Eso les pasa a los aficionados del fútbol, que hace mucho tiempo que perdieron su cuota de influencia en el espectáculo para convertirse en meros clientes maltratados.
Como aficionado del Córdoba me habría gustado ver más de una vez en mi vida a mi equipo en Primera. También habría deseado que la gestión del club hubiera sido más veces transparente que tendente a lo delictivo y, sobre todo, que hubiera resultado más eficiente que nefasta cuando no negligente. Pero no he tenido suerte.
Tampoco he podido elegir que el club al que quiero resida en una ciudad que sienta la mayor parte de su tiempo indiferencia hacia él. La inmensa mayoría de su tejido empresarial ha preferido gastarse desde que tengo uso de razón los cuartos en otras iniciativas que, en su mentalidad provinciana, les han resultado más atractivas. Sus maravedíes, sus preferencias. Nada que objetar, salvo que luego se sumen al carro en los días señaladitos.
Por pedir, me habría gustado formar parte de una afición más reivindicativa y que no sólo se activara socialmente para festejar sino para exigir. Que demandara cuando debiera y no se hubiera dejado deslumbrar con tanta facilidad por algún que otro trilero que ha cabalgado como Atila sobre el césped de El Arcángel.
Ya estoy llegando. El estadio. Ahora nos preguntamos cómo puede ser que El Arcángel haya vendido su apellido y su alma a un Estado del Golfo. Después de décadas de inacción municipal de gobiernos de todos los signos políticos, de decenas de promesas de mejoras y cuando nos damos con un canto en los dientes por poder siquiera mear sin sentir asco en unos aseos recién estrenados.
El romanticismo únicamente tiene sentido en el fútbol cuando detrás de los sueños hay hechos y tradición. La SAD Córdoba C.F. falleció en su momento víctima del pasotismo colectivo y la falta de cultura futbolera en su ciudad y ahora, con el remiendo de la Unión Futbolística, el espíritu de lo blanquiverde sobrevive merced a un opaco fondo de inversión en el que impera capital de Bahréin. Y lo mismo que el Córdoba C.F. sigue siendo el Córdoba a pesar del trasplante de accionariado deportivo, El Arcángel seguirá siendo El Arcángel a pesar de su nuevo rimbombante apellido.
O tempora, o mores. Más bien: O tempora, o detritus. En todo caso, ¿Quién sabe? Lo mismo los sueños de los niños ricos de Manama son más efectivos que los de cualquier cordobés de clase media. Y lo mismo alguien, alguna vez, soñó con más acierto que yo en llevar a un equipo modesto de España a la élite. O en venderlo una vez haberlo hecho crecer por mucha pasta. Ambos sueños me valdrían si se cumplen. A estas alturas del rompeolas no nos vamos a poner exigentes.
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