El Córdoba se juega el ascenso a Segunda en dos partidos y en la ciudad se reproducen los esfuerzos de quienes, desinteresadamente, quieren aportar su grano de arena a la gesta
Todos hemos odiado al fútbol. Todos hemos amado al fútbol. Cuántas veces desearíamos no haber descubierto que necesitábamos que la pelota rodara para olvidarnos de lo que somos o de lo que no hemos podido llegar a ser. Cuántas hemos querido olvidarnos de una puñetera vez y dar carpetazo a todo hartos de decepciones. Hartos, incluso, de nosotros mismos.Y luego volvemos a caer.Estos días en los que el Córdoba se está jugando su futuro volvemos a experimentar lo mejor y lo peor. De nosotros. De los demás. En nosotros. En los demás.Muchos hacen proselitismo en la ciudad como evangelistas en el desierto para que los comercios se adhieran colocando una pegatina en sus escaparates. Otros engalanan sus balcones y ventanas con banderas blanquiverdes para mostrar, orgullosos, que algo bueno puede pasar (y que, si no pasa, seguirán luciendo esos mismos colores sin vergüenza).Unos cuantos dedicaron toda la tarde del domingo mientras el resto estaban (estábamos) disfrutando de la fan zone a colocar cartulinas con pegatinas sobre los asientos para que luego los 21.245 presentes pudieran sacar pecho con el “Estamos volviendo”. El mosaico lo retrataron los que siempre van, los que nunca van y hasta los de la Ponferradina.Otros no dudaron en ahumarse entre bengalas adentrándose en un universo que no es al que están acostumbrados para recibir al equipo entre los cánticos de los más gritones y así dibujar un Millet de caída de sol bajo la mirada del Arcángel. No existían, sociedad utópica en una ciudad muy clasista, las diferencias sociales bajo el manto de la euforia. Todos a una.Tampoco tres coleccionistas de camisetas dudaron en aunar esfuerzos para recrear la historia del club trozo a trozo de tela en una exposición única para quien lo sienta. Uno, Rubén, incluso vino desde las Canarias con sus kilos de recuerdos al hombro. Para que nada faltara, hasta un peñista de Califato Blanquiverde cuyo nombre voy a obviar por si prefiere que quede en el anonimato, se disfrazó de Koki y acabó sudando a chorros tras un aguante estoico.Él no necesita hacer eso. Ninguno necesita hacer eso. Todos lo necesitan.Dos abonados del Córdoba se sentaron a las siete de la mañana del lunes en la puerta de las taquillas de El Arcángel y no se levantaron salvo para lo imprescindible hasta que obtuvieron su recompensa. “No quiero que nadie me regale nada”, me dijo uno de ellos llamado Noni. Otros jubilados hicieron religiosamente siete u ocho horas de cola esperando su oportunidad para poder ir al partido de la temporada con su nieto. Alguno de ellos incluso había sido directivo en otras épocas. No entienden los favores. El que quiera peces que se moje las chanclas.Esta semana leyendas de dos generaciones gloriosas (la del 99 y la del 2014) se han juntado invitados por Cordobadeporte para revivir dos tardes milagrosas. Juanito habló de las gafas de Escalante y Caballero de la muñeca de López Silva. Tampoco tenían por qué hacerlo. También tenían motivos para hacerlo.El fútbol tiene una parte misteriosa que es la que le da su encanto. La que mueve desinteresadamente a hacer cosas que sin él nos parecerían gilipolleces. La que desata lo que tenemos dentro. La incomprensible. La que nos une en nuestras diferencias y nos hace entendernos perfectamente en las buenas y algo peor en las malas.Pero este juego también tiene una cara mala, que es la que se vincula con el dinero. La que mueve a una multinacional a querer hacer caja con su equipo “filial”. La de los gorrones. La que convierte en manos de desalmados un abono en un contrato y una bufanda en papel de wáter. La que provoca que haya quien aproveche una deficitaria organización de su club para sacar tajada a costa de arruinar un día único para padres e hijos. Abuelos y nietos. Familias. Amigos.El fútbol nos gusta porque no es bueno ni malo ni de unos ni de los otros. El fútbol es de personas que detestamos y de otras a las que amamos.Por eso, aunque tengamos motivos para estar encabronados, no viene mal quedarnos con lo bueno de lo que estamos viviendo porque, además, eso será -sobre todo si por San Juan toca festejar- lo único que recordaremos. Seguro.P.S. Todo el fútbol merece la pena de un modo u otro menos las ruedas de prensa de Juanfran. Eso no.
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