¿Se acuerdan de Sebastián Balsas? Les pido que hagan un ejercicio de memoria. Temporada 2011-2012. La de Paco Jémez. La del play-off inesperado. La del equipo que mejor ha jugado al ataque vistiendo la blanquiverde. Balsas sudó 44 minutos repartidos en cuatro encuentros en esa campaña y otros 135 en las dos primeras rondas de la Copa del Rey. No marcó ningún gol. Una aportación testimonial para los amantes del frío “big data” y quienes explican el deporte desde las en teoría inefables matemáticas.Pues bien, digan lo que digan las estadísticas, Sebastián Balsas fue uno de los jugadores más importantes de esa temporada inolvidable. El “Torero”, tal era su apodo en Sudamérica por su condición de hispano-uruguayo, aterrizó con la siempre pesada vitola de refuerzo estrella en un verano de dudas e incertidumbres. Para colmo, se unió al grupo ya comenzada la pretemporada. Cualquier otro en sus circunstancias podría haber exigido más atenciones, pero él no tenía problemas en cargar con la bandeja de frutas hacia el vestuario o ayudar a los utileros en sus ingratas tareas. Era un muchacho de 25 años con las ideas claras y tan extrovertido y amable que cuando dejó la entidad en enero de 2012 para enrolarse en Argentinos Juniors toda la plantilla se sumó a su emocionada rueda de prensa de despedida. Balsas contó antes de tomar las maletas: “He estado en muchos vestuarios, en algunos durante años, y nunca he sentido el calor humano que he sentido en éste. Es un excelente grupo. Quizás en lo futbolístico no me fue como esperaba, pero son cosas del fútbol, unos juegan, otros no, pero ellos me han hecho sentir uno más y siempre les estaré agradecido. Hoy me voy, por lo que es el fútbol, pero un pedacito de mí queda en este equipo hasta el final de temporada y espero, de todo corazón, y voy a hacer fuerza desde el otro lado del charco, que se puedan conseguir los objetivos. Creo plenamente en este grupo, que está dirigido fantásticamente por un excelente cuerpo técnico, por una excelente directiva, a la cual estoy muy agradecido porque se han portado de diez conmigo en todos los sentidos. No me quiero extender mucho más tampoco porque mis compañeros se tienen que ir a duchar porque el fin de semana tenemos una final, y digo tenemos porque me sigo sintiendo partícipe del equipo”. Hasta Paco Jémez, hombre poco dado a las sensiblerías en público, puso su corazón al servicio del delantero al que no alineaba: «No me he encontrado jamás un tipo como éste, capaz de dar todo sin esperar nada a cambio. Lo he visto repartir fruta, calzoncillos, toallas sin ir convocado; siempre pendiente de los compañeros. Como mínimo se merecía ese reconocimiento. Deportivamente no ha entrado en el equipo porque yo no lo he estimado conveniente, pero personalmente ha dejado un hueco, un vacío que tenemos que intentar llenar ahora entre todos».Ése era Balsas, el jugador que probablemente usted no recuerde. Y uno lo entiende todo escudriñando en su vida a través de los compañeros uruguayos. Balsas, cuya familia tuvo que venirse a España huyendo de la crisis de 2002, limpió piscinas, fue camarero y trabajó en una fábrica de colchones mientras estudiaba. Luego se empeñó en ser futbolista y para eso prefirió quedarse en Uruguay para acumular rechazos sin desesperarse: “Prefería que mis padres cuidaran a mis hermanos y que no tomaran dos ómnibus para ir a verme”, dijo en un reportaje en el diario uruguayo El País. Además, su condición de “gallego” le costó una buena ración de acoso juvenil al principio de su paso por el modesto Liverpool de Belvedere: “Llegué con expectativas y me pusieron la rodilla en la nuca, me pegaron un codazo en la boca y cuando me subía al ómnibus para volver me tiraban manzanas y banana, y el técnico no decía nada. Me callé y cuando terminó el trayecto del primer día me levanté y dije: ‘Sé que tengo que pagar derecho de piso, pero mañana le rompo la cabeza al primero que me tire algo’”.Con mucho esfuerzo, Balsas acabó viviendo del deporte al que había dedicado su vida hasta los 29 años, cuando fue amenazado a punta de pistola mientras militaba en Argentinos Juniors. “Tuve veinte minutos el revólver en la boca. Estaba desangrándome, me bajaba la presión y se me pasaba la vida por delante”, reconoció. El estrés postraumático y problemas en la columna le hicieron tirar la toalla.Balsas no fue querido por la afición del Córdoba. Tampoco odiado. A Kike Márquez también le llaman torero. Cuando marca, celebra los goles con un capote imaginario. No siempre. Ayer tras convertir en gol el penalti ante el Sanluqueño -paradójicamente el equipo de su ciudad natal- se señaló el escudo del club que paga su sueldo y para el que trabaja delante de la afición de El Arcángel. De su afición.La plantilla del Córdoba respeta a Kike Márquez. Es su capitán. Él carga con una presión colectiva que debería estar repartida. Él atesora unas virtudes que sus compañeros valoran por encima de la media y él asume unas responsabilidades que otros tal vez no son capaces de afrontar.Comprendo a quien no le esté gustando la temporada deportiva de Kike Márquez. Me parece sensato que su forma de afrontar un partido pueda generar incomprensión. Asumo que el “trabajo” del aficionado se limite a acudir a ver a su equipo y juzgar el trabajo de sus futbolistas en función de su actitud sobre el verde. Pero muchas veces, y se lo digo porque he trabajado dentro de un club de fútbol, la realidad y el imaginario colectivo discurren por caminos paralelos sin converger. Y en ese día a día que no se ve, la labor del capitán del Córdoba está siendo fundamental para la salud de esta temporada.Quedan dos semanas de Liga y cuatro más de batalla sin tregua. En “La importancia de llamarse Ernesto” escribió Wilde que “la verdad es raramente pura y nunca simple”. En una ciudad como Córdoba en la que las apariencias imperan y en la que parecer siempre suele ser más práctico que ser es probable que cueste un poco más asumir que no todo es como parece. Pero, por si acaso y ante la duda: Cuando vea al Torero jugar le pido por el bien común que haga un esfuerzo y piense en el otro torero. Y en lo que dijeron de él cuando se fue.

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