De todas las iconografías pasionistas, acaso sea la de la piedad la más estremecedora. Resulta casi imposible quedar incólume frente al retrato de la madre llorosa que grita su dolor ante el cuerpo sin vida del hijo todavía sin amortajar. Nada hay comparable a eso.

Porque a la contrición a la que mueve el cuerpo exangüe de Cristo se une el dolor vicario que asociamos a la mujer que tiene que enterrar al que es fruto de sus entrañas. ¿Qué hay más antinatural que una madre enterrando a su hijo? No podemos -los varones, por supuesto que no- hacernos una idea de lo que significa ese trance dolorosísimo que el arte religioso ha explotado desde la época medieval y que… Ver Más

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