«Arrímate para ser de los buenos», le ha dicho la madre Elisa a Jordi Pérez, ‘el Niño de las Monjas’ en los carteles. Sonreía la religiosa a la entrada de la plaza de Valencia. Llegaba por fin el esperado debut de su ‘niño’ en la Feria de Fallas, de ese chiquillo de Carlet que llegó con solo doce años al Hogar de los Desamparados de Valencia. Entre hábitos nació su afición. Y mientras en la iglesia de San José de la Montaña rezaban por Jordi muchas de sus madres, otras le arropaban en el tendido.
Una monja era la imagen del capote de paseo que envolvía su terno prestado. De canela y oro, con remates negros el vestido. A portagayola se marchó para recibir al primer novillo, Alambrisco de nombre, colorado, de 476 kilos, de la ganadería del Pilar. Se pudo estirar en dos verónicas y media y rivalizó en quites con Alarcón. Para el público, que aguantaba el frío en el tendido. Muy firme por estatuarios, sufrió una colada. Asentado el torero, con la entrega de quien quiere ser. Entre las rayas transcurrió una faena para la esperanza, pues ahí molestaba algo menos el viento. Cogida con alfileres la raza de Alambrisco, tuvo nobleza. Sufrió un par de sustos en las bernadinas y remató con unas manoletinas, ya con el animal muy parado y pidiendo la muerte. Mató de una estocada desprendida y ondearon los pañuelos. Las monjas pedían con fuerza la oreja. Y la oreja cayó como premio a sus ganas de ser torero.
Devuelto el segundo, salió un sobrero de la ganadería titular, El Pilar, altote y poco humillador en los inicios. Con un pase cambiado inició Álvaro Alarcón la faena. Dio distancia y anduvo con mucha firmeza, echando bien la muleta y buscando la colocación de verdad. Quiso alargar el corto viaje, falto de clase, con un buen concepto. En un pase de pecho le pegó una tarascada. Soplaba Eolo pero no perdonó el remate. Se tiró derecho a matar y paseó un trofeo, el segundo de la tarde..
