Los contenedores de basura están repletos de comida. Por mucho que cueste creerlo, solo durante el 2020 los hogares españoles tiraron a la basura más de 1,3 millones de toneladas de alimentos en buen estado, un 0,8 % más que en 2019. Este dato ya nos da pistas de que tenemos un serio problema no solo a la hora de hacer la compra, también cuando calculamos las porciones de comida que estimamos que vamos a comer.

El director de la Cátedra UNESCO de Alimentación, Cultura y Desarrollo de la UOC, F. Xavier Medina subraya que el aprovechamiento de comida es un hábito que «se integra plenamente en nuestra cultura gastronómica», donde ya existe de antiguo la costumbre de aprovechar los restos de comida para elaborar platos nuevos. «Venimos de recetarios creados en épocas de producción escasa o directamente, de hambre; hemos dejado de aprovechar alimentos en la época más reciente, de superabundancia, y ahora se está volviendo a los aprovechamientos de etapas anteriores». Medina resalta que «hemos cambiado la necesidad de hacerlo por una cuestión económica para pasar, actualmente, a un momento de conciencia de tipo ambiental».

Cinco formas de reaprovechar la comida
Para evitar que la comida acabe en la basura, las expertas de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) Anna Bach y Alicia Aguilar han recogido seis consejos para evitar el desperdicio. Bach es directora del máster de Nutrición y Salud, subdirectora de docencia y profesora de los Estudios de Ciencias de la Salud e investigadora del Foodlab de la UOC. Aguilar también es profesora de los mismos estudios e investigadora del Foodlab, y ambas aconsejan lo siguiente:

1. Hacer una lista de la compra pensando en los platos que se prepararán. Así la compra se adaptará a los productos necesarios, y se evitará comprar alimentos que luego no se usarán y que es más fácil que queden en algún rincón y acaben desperdiciándose. Esto es especialmente importante para los productos frescos, que tienen una vida útil más corta.

2. Conservar y almacenar correctamente los productos comprados en las mejores condiciones considerando sus características. Hay que leer las etiquetas, comprobar las fechas de caducidad y seguir las recomendaciones de conservación (en la nevera, congelador o armarios, según el tipo de producto.)

3. Ajustar las raciones. Es importante revisar la despensa antes de comprar y planificar para reducir la compra por impulso. Hay que planificar el menú considerando también el número de comensales. A menudo se tiende a cocinar en exceso y a servir demasiada cantidad en el plato, lo que lleva o bien a dejar comida en el plato —y, por lo tanto, a desperdiciarla— o bien a comer más de lo que apetece y en consecuencia ingerir más energía y ganar peso si sucede de forma habitual. Así pues, hay que pensar antes de llenar el plato (calcular lo que se comerá) sin pasarse. Si se va de restaurante y ha sobrado comida, puede pedirse que lo preparen para llevar. La medida de la fiambrera puede engañarnos, pero no la medida del plato, para tener una buena referencia de las cantidades.

4. Congelar. Si, a pesar de haber hecho lista y haber ajustado las raciones, sobra comida, se puede congelar. De manera general, y si se hace bien, es un método de conservación que nos permite alargar el tiempo de consumo de un alimento sin que pierda valor nutritivo. Puede ser muy oportuno congelar en recipientes que contengan las raciones que después se consumirán. La opción de congelación en raciones individuales puede ser muy interesante para llevarlas al trabajo, por ejemplo.

5. Reaprovechar los restos para preparar nuevas recetas. Unas croquetas con el pollo asado que ha quedado, un puré con las verduras que se habían preparado como guarnición y han sobrado, son opciones muy sencillas. También se pueden consultar recetarios con muchas ideas. De hecho, el origen de los canelones tiene que ver con reaprovechar el asado y, por lo tanto, en las tradiciones ya se fomentaba este reaprovechamiento.

6. Tener presente hacer un consumo responsable. Hay que informarse sobre la procedencia de lo que se come, qué sistemas de producción agrícola, de cría y de pesca se han usado… En general, el consumo de proximidad y de temporada mejora la vida de las pequeñas comunidades agrícolas, aumenta la biodiversidad, requiere menos energía para el transporte, tiene una buena relación calidad-precio y contribuye a una alimentación sana. Además, hay que decir «no» a los plásticos o a los plásticos no reciclables: hay que evitar los alimentos con embalajes de plástico, y optar por otros embalajes más sostenibles como el cartón, o usar solo envases reciclables. Hay que buscar cómo evitar el desperdicio de embalajes, que, como el desperdicio de alimentos, es una forma de contribuir a la sostenibilidad alimentar.

Por ejemplo, si los plátanos se han puesto maduros y no te atrae tanto su sabor, pese a que están en perfecto estado, puedes incluirlos en bizcochos, smoothies… antes de que terminen en el cubo de basura. Marta Moreno, de Nutrición Clinic, indica que con ellos se pueden pueden hacer mermeladas, helados, o añadirlas a platos salados. Sugiere, de hecho, «agregar las frutas maduras a un couscous de verduras con canela» al que le pones pera madura, que le dará «un toque dulce buenísimo». Además, otras frutas o verduras puedes usarlas para hacer gazpachos o macedonia.

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