En la evolucionada vida llena de progreso de hoy contamos con una gran variedad de dispositivos, servicios e ingenios de todo tipo que nos hacen la vida más fácil, que trabajan por nosotros (o con nosotros) y que nos ayudan a estar mejor en general. De la cafetera al ordenador, del abrelatas al patinete eléctrico, de los psicólogos al coaching… Y al igual que actualizamos esos aparatos y estamos pendientes de un nuevo modelo de televisor o limpiamos los armarios para tirar lo que sobra o pintamos nuestra casa de tanto en tanto, también el cuerpo necesita ‘resetearse’ para descartar los malos hábitos y recuperar los buenos, esos que nos hacen, de verdad, sentirnos mejor. Porque, aunque nos parece que nos conocemos, todavía podemos mejorar un poco más la forma en que vivimos.

Esta es la idea en la que se basa el concepto de ‘biohacking’: hackear a nuestro cuerpo (y a nuestra mente) para optimizarlo y que trabaje por nosotros a la hora de sentirnos mejor. Es decir, introducir cambios programados en nuestro estilo de vida que nos ayudarán a optimizar cómo comemos, dormimos y nos sentimos.

Como en cualquier práctica de mejora, lo primero es un análisis de la situación para establecer cuáles son los puntos más débiles y cuáles los objetivos a conseguir. El proceso, claro, depende de cada persona y de sus hábitos y necesidades, sin embargo hay líneas maestras que deben seguirse, y una serie de pautas que pueden ser beneficiosas para la mayoría como las siguientes:

1. Evita los ultraprocesados
La alimentación natural es para lo que está preparado el cuerpo biológicamente. El resto, aunque a priori parezca que puede ser más fácil (de preparar, pero también de masticar o de digerir) obliga al cuerpo a realizar funciones que no debería. El azúcar refinado es el ejemplo más claro: aunque provoca un subidón, al poco rato la sensación cae en picado llevándonos a procesos de ansiedad, irritabilidad, cansancio, agresividad… Eliminarla de nuestra dieta es el primer, y uno de los más importantes, pasos hacia la mejora. Por si no lo sabes, cualquier sensación de antojo tiene una duración de un máximo de 20 minutos, así que si te apetece irremediablemente cualquier cosa que no resulte saludable, sencillamente espera. Se pasará.

2. Introduce el ayuno intermitente
Durante el ayuno, los niveles de insulina y azúcar en la sangre disminuyen mucho. También disminuye la producción de ghrelina (hormona del hambre) por lo que es más fácil controlar el apetito durante el día. Realizar estos ejercicios de autocontrol nos ayuda a regular nuestros propios ritmos.

3. Atención a los ritmos circadianos
Como en cualquier otro animal, la luz del sol es la que nos da energía para unas u otras actividades. Según sus cambios y variaciones, nuestros niveles hormonales, funciones corporales o incluso la respuesta inmunológica varían, y es importante adaptarnos a ellos en nuestra actividad diaria. Por ejemplo, según estudios, es conveniente ingerir los alimentos solo durante las horas de luz, que es cuando el fuego digestivo es más fuerte y el páncreas segrega más insulina, es clave en el funcionamiento del metabolismo.

4. Mueve el cuerpo y moverás la mente
Cualquier ejercicio físico sirve, menos el ‘sillón ball’: caminar, bailar, escalar o practicar karate. La práctica deportiva carga el organismo de energía y además tiene un efecto inmediato sobre la mente, mejorando el estado de ánimo, y manteniendo estables los niveles de cortisol (la hormona del estrés que tanto queremos evitar).

5. Duerme
Plantéatelo como una tarea fundamental de tu día y prioriza tu descanso. Si no lo haces ya, intenta que sean un mínimo de siete horas y por la noche, cuando no hay luz, a una temperatura adecuada y en un lugar cómodo, para que el sueño sea verdaderamente efectivo.

6. Bebe… agua
Los órganos, los tejidos, los procesos corporales…, todos se mueven en húmedo, por lo que no beber lo suficiente puede hacer que ralenticen o que no se produzcan con normalidad. Si quieres darle un toque diferente al agua, prueba a añadirle unas gotas de zumo de limón o unas rodajas de pepino, pero no la sustituyas por refrescos o bebidas alcohólicas que, por el contrario, pueden provocar deshidratación (además de otros males).

7. Sol y verde
Treinta minutos diarios bajo el sol nos aseguran unos niveles óptimos de Vitamina D, esta vitamina ayuda en la producción de serotonina, la hormona responsable de la felicidad, de un estado anímico equilibrado y del descanso. Y si además estamos en plena naturaleza (rodeados de árboles o en el mar), el efecto energizante se multiplica, además de permitirnos respirar un aire más puro y limpio.

8. ¿Y si hace frío?
¡Mejor! Sus beneficios son numerosos, tanto para la piel como para el organismo en general. También puedes introducir las duchas de agua fría en tu rutina, ya que mejora la circulación sanguínea, desinflama, reduce el dolor muscular, mejora el ánimo, evita la retención de líquidos, aporta energía corporal, mejora el sueño e incrementa la resistencia del sistema inmune. Así que no te lo pienses y ponte a ello.

9. Medita
En la manera que te resulte más sencillo, con prácticas guiadas de meditación o por tu cuenta, con mindfulness o realizando una actividad manual que libere tu mente de tensiones y ansiedad. Está comprobado que mejora el estado general de la salud.

Si te quedan dudas, recurre a un experto asesor que te ayude a conocerte y a programarte según sean tus prioridades en cada momento (nutricionista, entrenador, psicólogo). ¿Te animas a hackear tu cuerpo?

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