El Cojo de Huelva nació en Triana y no era cojo. Pues como eso, todo. Así disfrutamos de tipos como Diego El Cigala, quien en realidad se llama Ramón. Fue su padre el que tomó un atajo a las voces críticas de la familia: que le pusieran como les diese a ellos la gana, su hijo, aún llamándose Ramón, iba a ser Diego.

A veces es la no procedencia de un lugar eso que extrañamente otorga el apellido artístico. Este es el caso de Luquitas de Marchena, cantaor, como su propio nombre indica, de Linares. Trabajó durante la Ópera Flamenca en la compañía de Pepe Marchena, se casó con la Niña de la Puebla y vengó su destino con un joven artista de la provincia de Jaén. Aquel chiquillo de voz despuntada, a quien sugiero escuchar en los fandangos por soleá, era Alejandro Cintas, de Sorihuela del Guadalimar. Luquitas, que no veía clara esa remota población en los carteles, le cambió los orígenes. Así el chaval pasó a llamarse el Niño de Orihuela. A saber cómo sentaría aquello en el pueblo, donde espero que nadie se ofenda por este caluroso debate que ahora saco a la luz, entendiendo que estará de rabiosa actualidad.<iframe style=»border-radius:12px» src=»https://open.spotify.com/embed/playlist/5MVnN5ZmSPzCXRZE7UflTn?utm_source=generator» width=»100%» height=»380″ frameBorder=»0″ allowfullscreen=»» allow=»autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture»></iframe>

La historia del flamenco, y la de sus protagonistas, parece resarcirse en lo insólito. Tenemos algún Rubichi ennegrecido, ciertos Niños de la Fragua, como Pedro Garrido, que presumen de voces laínas y un Gordito de Triana de talle enjuto. Pura ironía popular con carácter sentencioso que de su delgadez hizo una hipérbole definitoria vestida de un montón de cachondeo. Algo parecido, pero a la inversa, a lo que en algún momento le sucedió al Canijo de Carmona. La guasa, como el eco, se repite. Y al orondo lo bautizaron con aires de sílfide. Son formas de subrayar a la contra lo evidente. Encarnación Peña, bailaora, actriz y una de las reinas del destape en los 70, bellísima, sensual, quedó para los restos como La Contrahecha.

En el cante, los Valencia son de Lebrija y de Jerez. Los mariscos, habitualmente, máximas figuras. Y a algunos niños que corretean desnudos con aspecto de «pino quemado» (visualice, si puede) terminan por denominarlos Rancapino. Ahí la suerte de metonimia no es exacta, sino mucho más certera. Surrealista, onomatopéyica. Luis El Elegante, al contrario, sí era así, y así se le llamó. Igual que El Guapo de Jerez y la mítica Micaela Flores, alias La Chunga, musa de Picasso, Dalí y Miró, de Blas de Otero, Alberti y Caballero Bonald, además de estrella esporádica de Hollywood, «pero mú poquita cosa», según cuentan, cuando se estrenó en el mundo.

Los símiles gastronómicos hacen de una tez morena al Chocolate y Juanito Mojama. Si desde Cádiz te vuelves popular versionando el ‘She loves you’ de los Beatles en carnavales eres El Yeye y como te presentes de forma precoz, quizá, Potito, ya en Sevilla
. Hay sagas textiles, como los Chaqueta, donde en stock nos mostraron, además de Antonio y Adela La Chaqueta, a José El Chaquetón, El Chaleco y Salvador El Pantalón, entre otras prendas. También A
gujetas, Habichuelas, Merengues, Borricos, Zambos… De todo y, a menudo, por muy poco o nada.

A Perrete, quien grabó su primer disco, ‘Quiso Dios’, hace apenas unos años, le adjudicó el apodo su círculo más próximo al verlo recostado en un sofá. Tirado, para que lo veamos mejor. No como al Perro de Paterna, descubierto por Juanito Valderrama. Este de veras trabajaba en un bar con letrillas de can en el toldo. Por estar tras esa barra, El Perro se le quedó.

Hay por aquí títulos nobiliarios: principados y ducados, marqueses con orgullo. El Príncipe Gitano, el Marqués de Porrina, la referencia mayor del cante extremeño, de Badajoz, y El Rey Gitano, que así se autoproclamó Rafael Farina en el álbum donde interpretó la exitosa milonga ‘Vino amargo’, fueron, probablemente, los tres primeros en pedírselo.

Nadie hubiese dicho en un principio que una boina plana colaría a Miguel Fernández como El Galleta de Málaga en estas páginas. Tampoco que una letra por tangos nos dejaría a una Niña de los Peines y que otra por bulerías, evocación de un montañés a una manada de depredadores, a Bernardo de los Lobitos, alcalareño en Madrid, «au, au». El Capullo de Jerez, de pequeño, debía parecerse a un clavel aún por explosionar y El Torta a un sargento de su barrio. Qué falto de complejos hubieron de estar El Bizco Amate, Enrique El Jorobao y Enrique El Cojo, que sí lo era. Cuánta gracia y azar reunidas en unos pocos nombres que no dicen nada de sus propietarios y todo de quienes les rodearon.

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