Valoración Crítica4

‘Pelléas et Mélisande’

Teatro de la Maestranza, Sevilla

A la ópera española se le da bien tratar con el simbolismo. Si el Liceo de Barcelona se apuntaba un buen éxito recuperando a principios de mes la producción de ‘Pélleas et Mélisande’ que Álex Ollé realizó en 2015 para la Ópera de Dresde, el Teatro Real ha presumido con ‘El ángel de fuego’ de Prokofiev a partir del estupendo trabajo que Calixto Bieito preparó para Zúrich dos años después. También el Teatro de la Maestranza ha vuelto sobre la ópera de Debussy, en su caso asegurándose reunir dos clásicos innegociables. A la producción teatral que el veterano Willy Decker diseñó en 1997 para la Staatsoper de Hamburgo se suma a la presencia del director musical Michel Plasson como responsable musical de una propuesta que ha colocado el final de temporada en una posición culminante.

Pelléas et Mélisande

Música: Claude Debussy. Libreto: Maurice Maeterlinck. Dirección musical: Michel Plasson. Dirección de escena: Willy Decker. Reposición de la puesta en escena: Stefan Heinrichs. Escenografía y vestuario: Wolfgang Gussmann. Iluminación: Hans Toelstede. Intérpretes: Edward Nelson (Pelléas), Mari Eriksmoen (Mélisande), Kyle Ketelsen (Golaud), Jérôme Varnier (Arkel), Eleonora Deveze (Yniold), Javier Castañeda (médico/pastor), Marina Pardo (Geneviève). Coro Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Lugar: Teatro de la Maestranza, Sevilla. Fecha: 26-III.

La producción de Decker parte de una escenografía de Wolfgang Gussmann que ha circulado con profusión como bien demuestran las huellas del uso. Pertenece a una época en la que Decker terminó por consolidar varias señas personales: la ausencia de adorno, la síntesis figurativa, la abstracción espacial, la asimetría en la disposición de los elementos como alegoría dramática, la limpieza en el gesto, la aparente contemporaneidad en el vestuario, la iluminación plana apoyada en la transformación cromática, en este caso con diseño de Hans Toelstede…

‘Pélleas et Mélisande’ contiene todo ello sin descender un ápice en su significación germánica, lo que convierte la vaguedad en nitidez y la gradación en jerarquía. Los símbolos surgen de forma evidente a los ojos del espectador: el cabello de Mélisande transformado en un enorme velo que enreda a Pélleas, el agua recogida en un gran pozo circular central que da acceso a la oscuridad de la gruta y sobre el que construye la verticalidad inalcanzable de una torre del castillo, la sustancia dramática del triángulo amoroso que forma Mélisande, su marido Golaud y el hermanastro de este Pélleas…

Aunque su valor se afiance en la metáfora de un misterio indescifrable. Decker consiguió en este ‘Pélleas’ transferir el hálito nebuloso y medieval a un lugar sin identificación, circundado por una gran muralla semicircular que delimita lo visible y lo sugerido, que dibuja con presión los detalles narrativos mientras introduce al espectador hacia regiones ignotas. Hoy sigue vigente el propósito visual y significante con el que Decker descifró el mensaje de la críptica Mélisande porque contiene en sí mismo una encantadora falta de evidencia.

Pero, ¿cuánto de lo que sucede en Sevilla depende de Decker o del sostén musical que le proporciona Michel Plasson? Es difícil de determinar, aunque hay un punto de encuentro entre una producción que el tiempo ha convertido en referencial y la presencia de un maestro que, a punto de convertirse en nonagenario, limita su actividad a dirigir ópera y conciertos sin otro afán que el de la empatía. Lo señala en su propia biografía narrada sin entrar en detalles accesorios. Las páginas de méritos se reducen a referencias inmediatas: su trabajo en la Ópera de Metz (1968), los treinta y cinco años al frente de la Orchestre National du Capitole de Toulouse, la colaboración con la Orquesta Sinfónica Nacional de China, y su destino final en Sevilla. Aquí se le recuerda dirigiendo ‘Werther’, de Massenet, y ‘Roméo et Juliette’, de Gounod, dejando luego pasar nueve años hasta su retorno actual como director honorario de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, con la que ha inaugurado temporada y con la que volverá en junio para dirigir en versión de concierto ‘Dialogues des Carmélites’.

Plasson ha encontrado en la capital andaluza un espacio con posibilidades, donde se le aplaude con devoción y se le ofrece utilidad. Sus relaciones musicales siempre han sido de largo recorrido y, por eso, su mejor legado es la defensa constante del patrimonio francés con reflejo en una notable discografía. Paradójicamente nunca grabó ‘Pélleas et Mélisande’, una ópera que en plena madurez aborda con una agitación contemplativa.

Abundan los testimonios sobre la necesidad de acercarse a ‘Pelleas et Mélisande’ con claridad y orden. Las palabras de Boulez son reveladoras en este sentido. Están recogidas en el largo y minucioso estudio de Pablo J. Vayón incluido en el libro-programa de mano dedicado a estas representaciones y que el Teatro de la Maestranza sigue editando sin amilanarse ante la crisis. Efectivamente, Plasson ordena y clarifica, acompaña con suavidad y penetra en la obra con una facilidad extraordinaria a través de una muy sutil gradación de intensidades. El resultado tiene transparencia y certidumbre, posee perfil y al tiempo se amalgama con proporcionalidad gracias a la cómoda labor de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.

La versión se degusta poco a poco encontrando su momento cumbre en el quinto y último acto rematado en un final sutil y elegante con el que se reconstruye el propósito de ausencia que la propia Mélisande transmite poco antes de morir. En la tercera y última de las representaciones sevillanas los aplausos crecieron según avanzó la representación y, al concluir, Plasson saludó desde el foso a un teatro puesto en pie. Llegar al podio requiere de un pequeño elevador, pero la aparente torpeza física tiene su contrapeso en un gesto preciso, amable y conciliador. ‘Pelleas et Melisande’ bajo la dirección de Michel Plasson tiene el regusto de la sabiduría y capacidad hipnótica suficiente como para conciliar al reparto en un territorio común.

El americano Edward Nelson renueva la tradición de los ‘barítonos Martin’ como sustituto de un tenor, lo que le lleva a encaramar con facilidad los agudos que asoman en el cuarto acto. La claridad del color combinado con un cuerpo vocal importante otorgan al personaje el carácter juvenil y puro. Recién cumplidos los treinta y tres años, y tras ganar la Glyndebourne Opera Cup, Nelson convierte a Pélleas en un idealista cargado de ingenuidad.

Tiene a su lado a la soprano noruega Mari Eriksmoen, Mélisande de voz más recogida y frágil presencia escénica, con capacidad para otorgar encanto a esa ‘dulzura desvanecida’ sobre la que escribió Debussy.

Y frente a los protagonistas, dos barítonos con entidad para los papeles de Golaud y el rey Arkel. En el primer caso el estadounidense Kyle Ketelsen, reconduciendo el papel hacia la inseguridad y los celos. El transcurrir sicológico desde la admiración hasta la demencia determina la naturaleza del papel y esto es algo que Ketelsen resuelve con enorme seguridad. A su lado, el francés Jérôme Varnier gana en oscuridad y serenidad. La posición de Arkel es la del conocimiento y eso es algo que Varnier, pese a lo artificioso del maquillaje que le convierte en un anciano, consigue transmitir con gran solvencia.

La soprano Eleonora Deveze, la mezzo Marina Pardo representando a Geneviève y el bajo-barítono Javier Castañeda en el doble papel de médico y pastor completan el reparto. El sentido más secundarios de sus papeles no exime de que sus intervenciones mantengan una altura notable.

‘Pélleas et Mélisande’ fue una obra que sorprendió en su tiempo por la falta de grandilocuencia y su inmaterial proximidad a lo íntimo, la duda, el anhelo y el misterio. En Sevilla se había escuchado anteriormente en 2004, en versión de concierto, aunque ha sido ahora, gracias a la elegancia de su escenificación y la autoridad de su interpretación musical cuando se ha incorporado a la historia operística sevillana.

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