La invasión rusa a Ucrania, la guerra, la injusticia perpetrada contra un país soberano, un líder valiente que no abandona y un pueblo que ansía y lucha por su libertad han hecho despertar a Europa, tan invulnerable y apegada a sus seguridades, y ha espoleado nuestra pasividad, consecuencia de quien lo tiene todo sin haberse esforzado demasiado. A menudo nos hemos preguntado, ante acontecimientos históricos, cómo fue posible no darse cuenta de lo que ocurría o por qué no se hizo nada para remediar tal o cual atrocidad. Siempre concluimos afirmando la complicidad de muchos y la indiferencia egoísta de la mayoría. Ahora tenemos la oportunidad de responder en primera persona.

Es en la adversidad donde se mide nuestra humanidad; es ahí donde la encontramos y se manifiesta sin adornos que la oculten. Muestras de humanidad y reacciones contra la despótica y arbitraria ofensiva es lo que venimos contemplando desde que sucediera. Numerosísimas personas acudieron, para clamar su rechazo y pedir la paz, a la concentración en Las Tendillas, convocada por la comunidad ucraniana de Córdoba; José María Bellido ha ofrecido la ciudad, junto a otros municipios, como lugares de acogida para refugiados ucranianos; todos los medios de comunicación han transmitido la información necesaria sobre cómo poder ayudar y dónde hacerlo; se han habilitado diversos puntos de recogida de medicamentos y artículos de ayuda humanitaria; particulares, parroquias y centros universitarios se suman a esta recogida; organizaciones como Cáritas y Cruz Roja difunden canales de donación; muchas personas se ofrecen como voluntarios y Hostecor oferta empleo para desplazados. La dificultad fortalece y hace brotar lo mejor del ser humano.

Estos gestos construyen la paz y comprometen una solidaridad que no consiste en la ayuda puntual o movida por una emoción tan intensa como pasajera, sino que nace del convencimiento de la existencia humana como una realidad compartida, de una interdependencia que no es necesidad sino fraternidad, en la que nada humano me es ajeno. Por ello, Ucrania no está huérfana ni abandonada, porque como dice José Agustín Goytisolo «Nadie está solo. Ahora,/en este mismo instante,/también a ti y a mí/ nos tienen maniatados».

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