SI para un adulto el móvil puede llegar a convertirse en un tormento y en una fuente de intranquilidad e insatisfacción, cómo de destructivo no será para un niño o para un adolescente. De la vuelta de tuerca terrorífica a su mal uso, o a su uso perverso, ha avisado el coordinador contra el ciberacoso de la Junta de Andalucía en una jornada organizada por el Colegio de Abogados de Córdoba: en algunos colegios de la ciudad existen grupos de ‘whatsapp’ creados por alumnos para compartir consejos sobre cómo y cuándo hay que suicidarse. Así, tal cual. Que levante la mano a quien no le entrase unas ganas irrefrenables de quitarle el teléfono a su hijo después de leer la noticia. La cosa no está para bromas.

El fiscal Fernando Santos Urbaneja llamaba este domingo la atención en estas páginas sobre que «la cifra de suicidios es tremenda, sobre todo juveniles» y la relacionaba con las enfermedades mentales. Antes, cuando uno iba al instituto, tu madre o tu padre, pero sobre todo tu madre, sabía quiénes eran tus amigos porque te escuchaba hablar con ellos desde el teléfono del salón, y la máxima privacidad a la que uno aspiraba era a que el supletorio de la cocina, si es que lo había, estuviera libre y despejado cuando sonaba la llamada clave. Ahora no: ahora, esta gente a la que le quedan unos años para llegar a los cursos de Bachillerato lleva en la mochila, en el mismo bolsillo que la flauta o que el diccionario de Latín, un artilugio diabólico que les deja el campo abierto a quienes quieran hacerle daño, y hay quien quiere como siempre ha habido.

En la época escolar de los que peinamos canas el infierno de un niño apocado era un rincón del patio del colegio en el que se escondía para que no siguieran burlándose de él porque era bajito, porque llevaba gafas, porque no vestía un pantalón de marca o porque no sabía jugar al fútbol: sonaba la sirena del fin de las clases el viernes por la tarde y allí se quedaban los canallas del pupitre de al lado hasta el lunes. Hoy siguen ahí dentro, en las entrañas del móvil, todo el rato. Un profesor de Georgetown decía también ayer en una entrevista que nadie debería tener móvil hasta los 16 años, la misma edad en la que el Gobierno sitúa la frontera para que una chica decida si quiere abortar: entonces, ni siquiera puede coger un vuelo sin el consentimiento paterno, pero sí dictar quién vive y quién no.

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