Las palabras ordenan el mundo. Lo designan y descifran. Nombran la realidad para sustraernos de la confusión. Son el antídoto para resistir el desorden, aquello que nos permite comprender y ser comprendidos al momento de expresar lo que cobra forma en nuestro pensamiento. La importancia de las palabras la conocen quienes las custodian, pero también quienes las expolian, sobre todo, en tiempos de ‘metaverso’.

Si el siglo XX sofisticó la propaganda, el XXI la viralizó. Devaluada por la digitalización, la imagen perdió credibilidad y por eso la palabra resurgió con el poder de ser replicada: hoy viaja más rápido que nunca. Conscientes de ello, los escritores de discursos y algunos mercaderes del relato recobraron la vieja lección de operar las palabras: arrancarles su sentido original y rellenarlas con otro que falseara su significado.

El eslogan y el argumentario beben de la vieja fuente de la propaganda fundada en su capacidad de transmisión. Es la lógica de la lengua garrafón, una versión adulterada del abecedario que desemboca en el lenguaje de pancarta y eslogan. Por eso conviene resguardar y acompañar a las palabras. Defenderlas incluso de quienes pretenden apropiárselas.

Esta semana, María José Solano contó a los lectores de ‘ABC Cultural’ de qué forma funciona la caja fuerte de las palabras, ese habitáculo de la lengua que la Real Academia Española destina para resguardar el idioma. El reportaje no plateaba una metáfora. De hecho, es el primero que se realiza en la cámara de seguridad de la institución.

En esa pieza, la escritora, editora y colaboradora del suplemento cultural de este diario desveló a los lectores las piezas únicas, los libros valiosos y los ejemplares raros de la Historia de la Literatura Universal. Se adentró en el antiguo viaje del lenguaje, un asunto vertebral que también ha atraído la atención de la escritora y especialista en estudios clásicos Andrea Marcolongo.

Tras sus imponentes volúmenes ‘La lengua de los dioses’ y ‘La medida de los héroes’, la escritora italiana basada en Francia acaba de publicar en España una brevísima bitácora titulada ‘El viaje de la palabra’, un libro ilustrado por Andrea Uncini y publicado por Zahorí. Con la pasión de los expedicionarios, Marcolongo presenta ante el lector de 25 etimologías que nos explican con tanta fuerza como los legajos que María José Solano ha encontrado en la caja fuerte de la RAE.

Marcolongo describe, por ejemplo, expresiones como ‘infante’ o ‘infantil’ en referencia a aquel que «aún no conoce ni domina las palabras, tenga la edad que tenga». También refiere la lengua como la gran conquista del ser humano, aquello que hace posible la conversación. Para comprobarlo, ofrece al lector caminos frondosos, repletos de sentido por los que cruzan palabras como mariposa, acaso el más hermoso de los insectos voladores y cuyo origen en castellano está ligado al ritmo y la voz, al arpegio y al baile: esa otra forma de sobrevolar al otro.

«La palabra castellana mariposa nació en el siglo XV gracias a las canciones populares. Significa, literalmente, María pósate (…)», escribe Marcolongo. Algo aletea en ese hallazgo, una joya que merece ser entendida y preservada, custodiada en una caja fuerte real, no como las de Luis García montero, obsesionado con guardar objetos mientras la lengua recibe pedradas de desprecio y propaganda.

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