«A davidin, al seu primer aniversari», puede leer en la trasera de un lienzo de grandes dimensiones, todo azul resplandeciente y rojos y negros eléctricos, realizado en 1965. El ‘davidin’ de la dedicatoria es en realidad David Fernández Miró y quién maneja el pincel, han acertado, no es otro que Joan Miró, artista universal, pionero del surrealismo y, por si fuera poco, abuelo de cuatro chiquillos: Emilio, Teo, Joan y, claro, David.

En su día, a caballo entre los sesenta y los setenta, todos ellos tuvieron su propio ‘miró’ dedicado, lienzos que lucen ahora, enfrentados los unos a los otros, en una de las salas de ‘Miró. El legado más íntimo’, exposición que reúne cerca de 200 piezas para reconstruir al pintor catalán a partir de su faceta más íntima y personal. Esto es: el Miró marido, padre, abuelo y, sobre todo, coleccionista para toda la familia. El Miró público y el Joan abuelo.
El legado íntimo que deviene universal. «Cuando murió el padre de David y Emilio, mi abuelo hizo los dos primeros. Y en nuestra primera comunión nos regaló a mí el sol y a Teo la luna. Yo no entendía nada, pero solo con los colores ya alucinaba», recuerda Joan Punyet Miró, nieto del artista y administrador de Succesió Miró, durante la presentación de una muestra que puede visitarse hasta el 26 de septiembre en la Fundación Miró de Barcelona.

Antes de entrar en la exposición, sin embargo, un poco de historia. El pasado mes de septiembre se desveló finalmente el misterio y se supo que lo hasta entonces se conocía coloquialmente como los «mirós de Madrid», medio centenar de obras que se exhibían desde 2016 en la Fundación Mapfre, habían tomado el puente aéreo para viajar a Barcelona y sumarse, como mínimo durante cinco años, a los fondos de la Fundación Miró. «En un contexto de malas noticias, la familia tomó la decisión de dejar en depósito 54 obras de Miró y 5 de Alexander Calder en la Fundación», recuerda la presidenta de la institución barcelonesa, Sara Puig.

La exposición reúne más de 8o lienzos y esculturas

Efe
He aquí, pues, otro «regalo de Miró a la ciudad», un obsequio a sumar al Pla de l’Os o al mosaico del aeropuerto y sobre el que se erige ahora una gran exposición que se aproxima al artista a partir de las colecciones que fue creando para su familia. Para sus cuatro nietos, sí, pero también para su hija María Dolores («Pour Dolorès», leemos en el reverso de los lienzos) y su mujer Pilar («a la meva oreneta», escribe Miró). «La muestra empieza con un regalo simbólico, así que en vez de hacer una exposición solo con esas 54 piezas, pensamos que sería mucho más interesante mostrarlas en relación con otras donaciones anteriores y en diálogo con la base de la colección», explica Marko Daniel, director de la Fundación Miró y comisario de la exposición junto a Elena Escolar y Dolors Rodríguez Roig.

En total, ‘Miró. El legado más íntimo’, reúne 80 pinturas y esculturas y más de un centenar de dibujos, fotografías y documentos que permiten configurar «una historia personal que complementa su visión como artista». «No es normal que los buenos artistas también sean buenas personas«, deslizan los responsables de la exposición.

Todo queda en familia
«Cuando mi abuelo iba a visitar a Picasso, este le decía: ‘caray, Joan, siempre vienes con la misma mujer’», añade Joan Punyet Miró en un intento por subrayar el papel y la importancia de Pilar Juncosa, esposa de Miró durante más de medio siglo y auténtico pilar de la familia. «Siempre estaba en la sombra, pero era quien mandaba, quien movía los hilos con los galeristas. Miró era más poético, cósmico y volátil. Juntos formaban un tándem vencedor», recuerda el nieto del artista. Ella fue también la primera persona para la que Miró empezó a coleccionar, reservando una obra de cada seria en lo se conocería como ‘colección Pilar’. De ahí salen ahora piezas como ‘La estrella matinal’ (1940) y ‘Pintura’ (1936) además de curiosidades como unos menús nupciales recubiertos de dedicatorias.

Pintura de Miró dedicada a su nieto David Fernández

Fundación Joan Miró
«Miró lo guardaba todo. Hace una reserva de prácticamente todo para poderse revisar a sí mismo», constata Rodríguez Roig. De ahí, que además de hitos mironianos como las cuatro ‘telas quemadas’ que realizó a principios de los setenta, piezas de la serie ‘Constelaciones’ , pinturas ‘pompier’ de los sesenta y dibujos sobre papel marcados por los horrores de la guerra, la exposición muestre documentos relevantes como la carta en la que anunció a sus padres que dejaba el comercio para hacerse artista, dibujos realizados por su hija (y tuneados en algunos casos por él mismo), o la única obra que Miró dedicó a sus padres.

Se trata de ‘La botella de vino’, obra de 1924 con la que abraza el surrealismo y que en Barcelona abre una exposición que se cierra, varias salas más tarde, con retratos de Català-Roca y fotografías de Miró jugando a pelota con sus nietos. «A Joan Punyent, carinyosament», leemos entonces en el reverso de ‘Personaje y pájaros delante del sol’, el cuadro que, mientras que otros tenían que conformarse con medallitas chapadas en oro o un juego de pluma y bolígrafo, el nieto de Miró recibió el día de su Primera Comunión.

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