Cuando se nos acaban las palabras, queda la voz. A la mudez sigue la afonía hasta que se hace el silencio. Los muertos no gritan. Los que bajan a la fosa no alaban a Dios ni esperan su fidelidad. El silencio de los cementerios es ensordecedor porque la muerte es en sí estruendosa: no hay manera –en toda una vida, en todas las vidas– de hacerla callar.

En este cuadro de Zurbarán, ‘Cristo crucificado expirante’ que se exhibe en el Museo de Bellas Artes, quien es la Palabra encarnada, está a punto de enmudecer. Agotado, exhausto, agoniza en el madero el Verbo hecho carne. Pero antes de que eso suceda, como un vestigio de su condición puramente humana –animal que… Ver Más

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