Más casta se adivinaba en las cabras del Marjal de Peñíscola que en los toros del Castillo de las Guardas. «Otra ‘juampedrada’ más», se oía en los palcos. Y no le faltaba a la gente razón: la corrida, vacía de vida y ayuna de fuerza, ni traía noticias de la casta ni de la bravura. Aún así, el santo público aguantó bajo la lluvia paladeando la torería de Morante y Aguado. Del trianero fue el lote más potable. ¡Y cómo toreó! Como los ángeles sueñan…

Voló Pablo Aguado el capote en dos verónicas con sevillanía. Ni en una más le permitió lucirse el suelto ejemplar de Juan Pedro, que al menos iba y venía con nobleza. El de Triana parecía sentirse… Ver Más

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